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lunes, 17 de julio de 2017

Nietos del corazón

Abuela Ana vivía a pocos metros de mi casa de la infancia. La llamábamos así aunque ella no era nuestra abuela por parentesco. Lo hacíamos porque la queríamos mucho y ella nos quería mucho a nosotros. También por respeto a las personas mayores y porque nuestros padres nos enseñaban que las personas grandes poseían sabiduría y conocimientos que solamente la vida y la experiencia brindan. Vestía ropa oscura y usaba un pañuelo igual de oscuro en la cabeza. Cocinaba rico. Nos cantaba canciones en alemán. Nos enseñaba refranes. Nos repetía que teníamos que ir todos los domingos a misa y portarnos bien para que Jesús no se enoje con nosotros y nos continúe protegiendo diariamente. Nos hablaba de sus hijos pequeños fallecidos en un accidente de carro, en el campo, cuando ella era joven y trabajaba junto a su marido en el tambo y ordeñaba vacas a la par de él en las frías y heladas madrugadas de invierno. Nos contaba de su trajinar diario, levantándose a las cuatro de la mañana, para trabajar la tierra junto a los hombres. Nos mostraba fotografías de sus tres hijos muertos y de su marido fallecido hacía mucho tiempo, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que secaba con un pañuelito blanco.
Abuela Ana vivía sola en una casa de adobe, rodeada de un jardín, dónde florecían frambuesas y había un árbol llenó de ciruelas rojas. También tenía un palomar, gallinas, conejos y un pequeño perro, que la seguía a todos lados. Al fondo tenía un galponcito de chapa lleno de leña y un patio enorme para jugar al fútbol. Al ingresar a la cocina nos convidada con Kreppel o  pan casero con dulce de tomate, que ella misma había cocinado, o con macitas de vainilla recién horneadas. Nunca permitía que nos fuéramos de su casa sin haber comido nada. Siempre nos guardaba algo sabroso. Porque éramos sus nietos del corazón.

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